La idea de lagranja nace en una isla del Pacifico en el verano de 2001. Un año más tarde, en Barcelona, Gerard Sanmartí y Gabriele Schiavon empiezan a desarrollar ideas, proponer visiones y soluciones apoyándose en una capacidad creativa que se mueve con agilidad entre diseño, arquitectura y montajes efímeros.
En lagranja la teoría sigue la práctica, escuchando tanto el instinto como la razón. El único estilo es la actitud, la energía que emanan los proyectos: optimistas, llenos de vitalidad y atención hacia las personas. Un diseño nunca autorreferencial y autocomplaciente, cuyo objetivo es una idea de proyecto exenta de barreras conceptuales: ecléctica y versátil, capaz de moverse entre disciplinas y tipologías distintas.
“Fantasía lógica” le podríamos decir. El proyecto como equilibrio entre riesgo/invención y oficio/profesionalidad. Imaginar una meta y encontrar el camino para alcanzarla.
Esta naturaleza ha llevado lagranja a confrontarse y colaborar con algunas de las firmas más prestigiosas en el mundo del diseño y con realizaciones de carácter internacional tanto en el proyecto de espacios corporativos (retail) como en el montaje de exposiciones y museos.
Una filosofía operativa que emplea grupos de trabajo interdisciplinarios, escogidos cada vez coordinando los colaboradores más capaces de interpretar el espíritu del proyecto. Un equipo horizontal, integralmente de menos de 35 años, que comparte el entusiasmo creativo, el esfuerzo de los grandes acontecimientos y los momentos lúdicos.
La búsqueda de soluciones capaces de centrar los deseos de los clientes produce elementos que, más allá de sus aspectos formales, alimentan la vitalidad de quienes los han deseado. Gracias a una libertad expresiva que no desemboca en caos creativo o formalismos y se caracteriza por una matriz racional siempre atenta a los elementos funcionales del proyecto.
Con sede en Barcelona, lagranja interpreta la contemporaneidad de esta ciudad mediterránea, donde las culturas, italianas y españolas, iluminan nuevos horizontes.